Reescribir cuentos populares, con Pepa López Sevilla

Reescribir cuentos populares, con Pepa López Sevilla

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«Los recopiladores de cuentos los adaptaban para explicar la sociedad en la que vivían»

Aunque reconoce que los descubrió tarde, la escritora gaditana Pepa López Sevilla no se ha podido separar de los cuentos. Si intenta escribir historias más extensas, sus capítulos se convierten en relatos. Y si las frases tienden a alargar el texto, su afán por reescribir y eliminar lo que sobra devuelven el manuscrito a la concisión de las narraciones breves. De esta dedicación surgió su colección de relatos 8 Pecados y su cuento presentado en Vivir del cuento, «Sortilegio». Filóloga y profesora de inglés, Pepa López Sevilla concibe su obra como una forma de expresar aquello que la inquieta. En su literatura social, la reescritura de cuentos tradicionales se ha convertido en una nueva forma de mirar el mundo.  

8 preguntas breves de Vivir del cuento

¿Cuándo supiste que querías ser escritora?

Desde siempre, porque desde pequeña he querido estar rodeada de libros. 

¿Qué querrías ser de mayor aparte de escritora?

Escritora y lectora: van unidas. Quizá también correctora, porque tengo formación y me gusta mucho.

¿Cuál es tu principal manía a la hora de escribir?

El proceso de revisión: reescribir un texto hasta pulirlo. Soy muy perfeccionista, creo que demasiado.  

¿Qué personaje real o de ficción te gustaría ser por un día?

O Miss Marple o Janina, la protagonista de Sobre los huesos de los muertos. Ambas mujeres son reservadas, analíticas e inteligentes. 

¿Qué cuento o novela recomendarías a un amigo para que se enamorara de la literatura?

“El desentierro de la angelita”, cuento de Mariana Enríquez. Tiene un personaje muy peculiar y entrañable, algo de humor negro y una atmósfera de película gótica que me encanta. 

¿Qué refrán te parece más útil para aplicar en tu día a día?

Más vale tarde que nunca. Porque yo lo he hecho todo tarde: estudié filología tarde, me saqué el carné de conducir tarde, empecé a escribir tarde, y lo que me queda. Me veo con 65 o 70 años haciendo otras cosas. 

¿Dónde se te ocurren las mejores ideas para escribir?

No tengo un sitio especial, pero sí un momento: por las mañanas me levanto con un montón de ideas. Siempre llevo mi libretita para apuntar. Y sobre todo en vacaciones, cuando mi mente no está ocupada con las clases y la secretaría de la escuela.

¿Cómo vives del cuento?

Con dificultad y placer. Placer porque me encanta escribir, es mi pasión. Dificultad porque tengo que compaginarlo con la docencia, que no solo implica estar unas horas en la escuela, sino preparar las clases y corregir exámenes en casa.

—¿La profesión de profesora de inglés se lleva bien con la escritura?

—La docencia lleva mucho tiempo, también en casa. No sales de la escuela y ya te puedes dedicar a escribir: tienes que preparar clases, corregir y preparar exámenes y actividades extraescolares. Tu mente está siempre en la escuela. Yo antes era administrativa y trabajaba más horas, de ocho a ocho, pero al salir me olvidaba del trabajo. No sé si la docencia es el mejor trabajo para compaginar con la escritura, la verdad.

—Afirmas que lo has descubierto todo tarde y que abriste los ojos a los cuentos al leer Bestiario, de Julio Cortázar. ¿Qué representó ese cuento para ti?

—Esto lo aprendí después: Cortázar utiliza la técnica del extrañamiento de forma magistral, resuelve el relato con elegancia e ingenio y, lo que me gusta mucho en los cuentos: la trama tiene dos niveles: uno más superficial y otro más profundo, que es su esencia. Me gusta contar dos historias en una, y creo que Cortázar lo hace muy bien en la mayoría de sus relatos. Además, me atrajo que en tan poco espacio, pudiera decir tanto, que cada palabra cuente. Creo que también tiene que ver con mi personalidad: no soy de muchas disertaciones, sino de ir al grano.

Sentía que el relato era para mí, y llevo varios años escribiéndolo y cada vez estoy más convencida. No quiere decir que dentro de dos años no sienta la necesidad de contar una historia más larga, pero de momento el relato es mi medida de narración. Y eso me lo hizo saber Bestiario.

—¿Eres partidaria de que la trama sumergida acabe aflorando o prefieres mantenerla oculta?

—Al principio pensaba que tenía que aflorar. Pero luego le he encontrado la gracia a que se quede en el fondo y sean los lectores y las lectoras quienes se coman la cabeza y resuelvan el relato. Cada vez me atrae más esa idea.

—Aun a riesgo de que, con su libertad, los lectores vayan por un camino que tú no habías previsto.

—Totalmente, pero es inevitable. Una vez publicamos nuestro texto, ya no es nuestro. Parece un tópico, pero es cierto. A veces, en clubes de lectura a los que me han invitado, se han dicho cosas de mis relatos en las que me he quedado pensando: «Pues mira, sí…». No tenía ni idea; no lo había visto así.

—Al podar tus cuentos y dejar solo las palabras imprescindibles, ¿cómo vives el proceso doloroso de desprenderte de lo que has escrito?

—Para mí no es nada doloroso. Lo vivo como el camino hacia la excelencia: esto puede estar mejor, aquí hay una frase que no es necesaria y hay que quitar… No tengo ningún problema en cortar. De los cuentos que estoy escribiendo ahora he hecho tantas reescrituras que mi lectora beta dice: «Ya no sé cómo era el cuento original». Y es cierto, pero hasta que todo encaja, no paro de podar. Ella me dice que soy la maestra de la reescritura; en alguna publicación de Instagram me defino como «reescritora de relato corto». 

—Ahora te encuentras en un proyecto de reescritura, no de tus propios cuentos, sino de cuentos populares, con el objetivo de hablar de la violencia contra las mujeres.

—Siempre me han interesado mucho las historias de tradición oral, de cuando no existía la palabra escrita, y me gustan los cuentacuentos, la gente que hace teatro y explica cuentos, no necesariamente para niños, porque no soy escritora de literatura infantil ni juvenil: escribo para adultos. Cursé una formación que terminó con un proyecto de reescritura, y se me ocurrió reescribir ocho cuentos que traten una temática común: la violencia hacia la mujer. Por ejemplo, reescribí Caperucita Roja para que cuente el matrimonio infantil.

Lo inicié hace dos años y he trabajado con una tutora de acompañamiento que es también mi lectora beta. Ya está casi acabado: solo me queda pulir La sirenita, cuyas piezas no acabo de encajar.

—¿Por qué has optado por esta tradición oral preexistente? 

—Primero hay que decir que los cuentos que nos han llegado hasta hoy no son las versiones originales. Ya Perrault hizo una recopilación edulcorada para la burguesía y la aristocracia francesas. Los cuentos siempre han explicado el mundo y nacieron sin intención de enseñar, sin moraleja. Caperucita Roja dice: mira lo que puede pasar si vas por el bosque en vez de por el camino; como mucho es una advertencia, pero no una moraleja. En cada momento los cuentos han ido explicando el mundo, y los recopiladores los han adaptado para explicar la sociedad en la que vivían. Entonces me pregunté: ¿por qué no reescribirlos yo para explicar mi visión del mundo? 

Hay reescrituras muy buenas, como La cámara sangrienta, de Angela Carter, que es buenísima, o la colección de Margaret Atwood, la autora de El cuento de la criada. Todas tienen en común la violencia hacia la mujer; todas son feministas y quieren tratarla en aras de la igualdad de género.

Yo suelo escribir literatura social, ya sea sobre la violencia hacia la mujer, la igualdad de género, la memoria histórica o el medio ambiente. No porque yo diga que tenga que ser así, sino porque es lo que siento que quiero escribir. Los cuentos son una muy buena fuente para reescribir historias con otra finalidad, que tampoco es moralizante: no pretendo encauzar a nadie por el buen camino, sino lanzar la historia y que, por lo menos, se piense en ella.

«Veo la literatura como un instrumento para expresar qué me inquieta de lo que sucede a mi alrededor y plasmarlo en un cuento»

—¿Consideras que la literatura y los cuentos deberían tener una función social, como herramienta de sensibilización?

—Sí, totalmente. Como lectora leo por placer: novelas, relatos, poesía y teatro. Pero como autora, mi forma de escribir es más social: la literatura como instrumento para expresar qué me inquieta de lo que sucede a mi alrededor y plasmarlo en un cuento. A mi alrededor hay gente con mucho carisma, que trabaja con asociaciones o grupos políticos, pero yo no tengo ese perfil. Mi contribución es la de escribir.  

—Uno de tus últimos proyectos es Relateando Corto, un club de lectura que has abierto a través de Substack. ¿Ha despegado ya?

—Quiero escribir, quiero leer, quiero hacer todo lo que tenga que ver con la literatura, porque es mi pasión. Por eso he creado una newsletter quincenal en Substack. El primer domingo de cada mes envío un artículo con la recomendación de un relato que me guste y quiera compartir. El tercer domingo lanzo un reto de escritura de microrrelatos, porque conozco a mucha gente que quiere escribir pero no sabe dónde enviar sus textos; he creado un espacio para que puedan compartirlos. Quienes se suscriben pueden participar también en Relateando Corto, un club de lectura online dedicado exclusivamente al relato, que acabamos de inaugurar. con El buen mal, de Samanta Schweblin.

La idea no es solo comentar a través de una pantalla, que puede resultar frío. Aparte de ofrecer contenido extra sobre el género del relato, quiero hacer encuentros presenciales. Vivo en un entorno rural maravilloso, con bosques magníficos, y la idea es hacer rutas mientras comentamos algunos libros.

—¿Qué nuevos proyectos tienes en mente?

—Mientras termino el libro de reescrituras de cuentos populares, estoy preparando una propuesta editorial para enviarlo a editoriales. Pero no lo puedo evitar: me levanto por la mañana y ya tengo una idea para una colección de relatos, e incluso una historia para una posible novela corta. Hace unos años intenté escribir una novela corta, con una tutora de acompañamiento. Un día me dijo: «Pepa, ¿te das cuenta de que cada capítulo es un relato?». Se podían leer independientemente. No lo puedo evitar, así que sigo con relatos cortos. 

Tengo otra idea distinta, que no es un tema social sino personal y familiar.

—¿De qué se trata?

—Me gustan mucho las leyendas y el mundo rural, y he pensado en una colección de ocho relatos basados en leyendas de la zona de la serranía de Ronda y de mi pueblo natal, Ubrique, en la provincia de Cádiz. Hay una fuente impresionante de leyendas, como la de la vieja bruja o el fantasma de la curva.

—¿Cuentos de fantasía?

—Más bien góticos; me gusta mucho la literatura gótica, como los cuentos que reescribió Angela Carter. Aunque ya veremos qué sale, porque a veces tenemos una idea y sale otra cosa totalmente diferente.

—Para terminar, una duda eterna: ¿hay alguna diferencia entre un cuento y un relato?

—He notado que en la literatura suramericana se habla mucho de cuento para lo que aquí llamamos relato o relato corto. Lo que en inglés se llama short story. Cortázar, por ejemplo, se refería al relato como cuento. Esa es la diferencia principal. En España relacionamos los cuentos con los cuentos populares tradicionales, los cuentos maravillosos: Caperucita, Cenicienta… Por eso a veces nos confundimos, pero creo que no hay ninguna otra diferencia: el relato es relato corto, y hay autores que lo llaman cuento.


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