Cecilia Picún (Librerío de la Plata)

Cuando una librería se va, con Cecilia Picún (Librerío de la Plata)

«Seguiremos leyendo, eso es una certeza»

A pocas horas de que las puertas de Librerío de la Plata cierren para siempre, rendimos un homenaje a todas esas pequeñas librerías que luchan con rebeldía para acercarnos a los libros y a otras personas lectoras. En los últimos 13 años, Librerío de la Plata se ha convertido en un centro cultural en Sabadell, el lugar en el que descubrir libros insospechados e intercambiar impresiones sobre la última lectura entre sorbos de vino y raciones de queso. Su fundadora, Cecilia Picún, nos recibe en este acogedor refugio que rezuma literatura. 

– Quedan 48 horas para que cierre Librerío de la Plata. ¿Qué se hace en las últimas horas de una librería?

Sobre todo, abrazar a la gente que va viniendo. Hay quienes quieren acompañar estos últimos momentos, llevarse un libro o cinco, que la librera los elija o cogerlos al azar de las estanterías. Si hubiéramos puesto una cámara de filmación rápida, habríamos visto cómo los libros van perdiendo espacio en los estantes y se van formando claros. Son las horas en las que la geografía de la librería más ha cambiado. 

– ¿Geografía?

Los estantes se van vaciando, los libros van siendo elegidos y se ausentan de este lugar. A veces toma el relevo otro ejemplar y la geografía está en pleno proceso de cambio. Es también un momento de darle vida a títulos que llevan 13 años en el estante y a los que a veces no prestamos atención. Miguel (su socio y pareja) me dice que tengo mucho apego a los libros, que no quiero devolverlos, y tiene razón. Apropiarse del fondo, dejar que los ejemplares que uno elige permanezcan para que algún lector los encuentre es un comportamiento adictivo, lo reconozco.

– ¿Ya tienes localizada la colección de libros que te llevarás contigo?

Sí, me estoy llevando una colección de álbumes ilustrados. Es un género que me apasiona desde hace un tiempo y que también me llevó a hacer el máster de Literatura Infantil y Juvenil en la Universidad de Zaragoza. Lo hago online junto a mi hija, que lo cursa desde Uruguay: es un punto de encuentro no solo en el espacio virtual, sino también en las tareas. Nos permite comentar cada propuesta, coincidir o discrepar. Me llevo sobre todo álbumes que trascienden el público infantil, los que tienen diferentes capas de lectura y una ilustración con la que conectas y de la que surgen ideas que alimentan otras ideas.

– ¿Nos recomendarías algún título?

La mujer multiplicada, de Elena Losada. Es una historia sobre una mujer que vive en un pueblo y a la que todos demandan: le piden consejo, ayuda, tiempo. Siente que no puede con todo y desea multiplicarse. Un día se mira en un espejo y se divide en dos mujeres de menor tamaño. La demanda de los demás hace que el proceso continúe y que esas mujeres sean cada vez más pequeñas. No quiero contar cómo termina, porque me parece un buen motivo para buscarlo en una librería.

– Habéis conseguido algo que parecía imposible: que una librería se llene más un mes de febrero que el 23 de abril. El pasado 14 de febrero cumplisteis 13 años, hacía pocos días que se había hecho público el cierre de la librería y la tienda se llenó. ¿Cómo viviste esa reacción ciudadana de Sabadell?

Con asombro y con gratitud. No imaginábamos que una noticia que para nosotros era muy triste lo fuera también en esa medida para tanta gente, ni que despertara tal cantidad de mensajes y conversaciones. Ese día la librería recordaba a Sant Jordi, pero con una diferencia notable: no había impaciencia. La gente esperaba para pagar su libro y que se lo envolviéramos, pero sin prisa. Reconocer esa calma es especialmente extraño en los días que vivimos, en que todo lo queremos rápido.

«Las últimas horas de la librería son el momento en el que más cambia la geografía de los estantes»

– Quizás los libros son precisamente un refugio contra esa vorágine.

Creo que sí. Leer te obliga a encontrar tu propia velocidad, la necesaria para comprender lo que estás leyendo. Si tienes que releer un párrafo dos o tres veces, es una señal: ibas demasiado rápido. Entonces te detienes, te preguntas qué significa esta palabra aquí, en esta oración, por qué está allí. Y resignificas el texto. El libro se asienta de otra manera, y el disfrute también.

– Todo es inmediatez y leer un libro parece un acto contracultural. Sin embargo, la gente lee más que nunca.

Sí, aunque algunas formas de lectura actuales me generan dudas. Se han instalado unas dinámicas que podríamos llamar «cruzadas lectoras»: la presión de leer determinados títulos, géneros, orígenes o extensiones. Hay gente que se propone leer 50 libros al año. Con esa meta, los libros elegidos raramente son Los hermanos Karamázov; más bien son obras de 100 páginas o menos. Eso es también una información que reciben las editoriales y que influye en su catálogo: hay un crecimiento claro en la proporción de libros breves. Cuando esa presión se instala, el placer de la lectura desciende. Lo que debería ser un momento de tranquilidad y paz se convierte en un factor de apremio y ansiedad.

– Es curioso que, pese a esta búsqueda de la brevedad, el cuento no termine de despegar comercialmente en España. 

Es un misterio, sí. Vivimos un momento de gran valorización de la literatura latinoamericana, y el cuento es el género preponderante en Latinoamérica. Hay una contradicción ahí. Aquí tenemos grandes cuentistas: Cristina Fernández Cubas ganó el Premio Nacional hace poco y no vi que eso disparara la búsqueda de su obra. Es una pena, porque es una escritora magnífica. No obstante, hay editoriales que se la han jugado con el género: Páginas de Espuma, por principio, no publica novela; publica cuento, literatura de viajes, biografías. Es una editorial que ha contribuido enormemente a que el cuento se vaya haciendo un lugar, pero el proceso es lento. Y paradójico, porque el cuento estaría mucho más en sintonía con los tiempos que vivimos que una novela de 300 páginas.

– Dentro de este género, ¿hay algún autor o título que quieras recomendar?

Me gusta mucho Samanta Schweblin. Hace poco ganó el Premio de Narrativa Ciudad de Barcelona por El buen mal, su último libro de cuentos. Y hoy descubrí que es una de las cinco finalistas de un premio de un millón de euros, el AENA. Que un 20% de los candidatos a ese premio sea un libro de cuentos no está mal. Invita al optimismo.

– Esta librería fue pionera hace 13 años al especializarse en literatura latinoamericana. ¿Por qué tomaste ese camino? 

Porque soy latinoamericana, soy de Uruguay, y empecé mi vida lectora con autores de allí. Quería tener una ventana para compartir esa obra, porque no existe una única literatura latinoamericana: es un mosaico construido con los perfiles, las historias y los lenguajes de cada país. Leer a un autor de Perú, de México, de Argentina o de Paraguay es encontrarse con palabras nuevas que enriquecen no solo la forma de expresarse, sino también la comprensión de lo que han sido esos países: su historia, sus padecimientos, sus logros y sus aportes culturales.

– Esos autores se han volcado con Librerío de la Plata y han frecuentado la librería para charlar con los lectores. Recuerdo con cariño el encuentro con Javier Argüello sobre Cuatro cuentos cuánticos. 

Para nosotros también fue una experiencia extraordinaria. Vino al Club de Cuentos y la conversación fue tan rica que decidimos repetirla en el Club Flexible, con más participantes. La gracia de los grupos diversos es que, aunque se hable del mismo libro, siempre se tratan cosas diferentes. También han pasado por aquí Martín Caparrós, Claudia Piñeiro, Lina Meruane, Brenda Navarro, Jazmina Barrera, Socorro Venegas… El otro día hicimos números y son más de 60 los escritores latinoamericanos que han compartido con nosotros una velada de club de lectura.

«Quería libros bonitos, que el objeto mismo formara parte del placer de la lectura»

– ¿Qué has aprendido de ellos?

Que no hay una única forma de escribir ni hay recetas. Cada uno construye la historia a su manera: hay quien empieza por el título y quien lo deja para el final, quien escribe cuatro líneas y las guarda en el cajón dos años antes de desarrollarlas —pienso en Mariana Travacio y en Como si existiese el perdón— y quien es capaz de escribir una novela magnífica en seis meses. Pero sí hay un factor común: leer. Leer fomenta la empatía, enriquece el vocabulario, da matices para describir lo que uno quiere expresar y ayuda a encontrar la palabra más exacta para algo tan fino y tan exquisito como lo que uno quiere decir.

– Librerío de la Plata fue tu primera experiencia como librera, ya que venías de otro sector. ¿Cómo llegaste aquí?

Fue una suma de casualidades, aunque creo que la semilla ya estaba en un terreno fértil. Siempre fui lectora, y Miguel también; los libros forman parte de nuestra vida y de nuestra forma de ver el mundo. Yo trabajaba en la industria farmacéutica y, cuando me despidieron, pensé que no quería volver a ese sector. Si podía, elegiría hacer algo que me diera placer. Fui a un taller sobre comercio en el Ayuntamiento de Barberà y el docente nos pidió que eligiéramos un negocio. Yo elegí una librería. «¿Especializada en qué?», me preguntó. Y me salió solo: «En literatura latinoamericana». Me fui con el gusanillo en la cabeza, pensando «¿y por qué no?». Y fue así. Como no teníamos dinero para llenar la librería, la mitad de los libros que trajimos eran de casa: de la biblioteca de 6.000 volúmenes con la que Miguel llegó a mi vida.

– ¿En qué se parece la librería real a la que imaginaste entonces?

Cuando empecé no sabía nada. Un comercial me llenó de libros de bolsillo y ahí aprendí que en esta librería no iban a tener cabida: el espacio es pequeño y quería libros bonitos, que el objeto mismo formara parte del placer de la lectura. También llegaron libros de viajes, y tampoco. Todo fue ensayo y error. Fui descubriendo editoriales y distribuidores con quienes sentía una complicidad real. No se trataba de ganar un punto más de descuento, sino de tener buenos libros para hacer lectores. En eso somos socios los distribuidores, escritores, traductores y libreros. El objetivo es que haya más lectores críticos, que vivan el libro como una experiencia de enriquecimiento y de entretenimiento.

– Nos acercamos al 20 de marzo. ¿Por qué se precipita el cierre de la librería en esta fecha? 

Porque no nos renovaron el contrato de alquiler. Me jubilo dentro de un año y medio, así que pedimos a nuestra casera que nos extendiera el contrato por ese tiempo. No contestó, y la negativa llegó a través de un burofax, lo cual tiene algo de frío. La idea era usar ese año y medio para buscar a alguien que quisiera hacerse cargo, una persona o una cooperativa, quizás con nuestra participación. No fue posible. Por eso el 20 de marzo cerramos.

– Habéis creado algo que antes no existía en Sabadell: un espacio de encuentro alrededor de los libros y las palabras. Mucha gente se siente huérfana, pero a la vez dejáis un legado que germinará de alguna manera. 

Hoy puedo decirlo con más certeza que hace dos meses, porque hemos visto la respuesta de lectores, amigos y comunidad en estos días: se han acercado, han manifestado la pena, han llorado, nos han abrazado. Ese es el lenguaje de la empatía, de ponerse en el lugar del otro. Lo que se pierde no es solo una librería, sino ese espacio en el que uno habla y otro escucha, en el que existe el diálogo y la comunicación humana.

– ¿Qué pasa a partir del día 20?

Seguiremos leyendo, eso es una certeza. Los clubes de lectura continuarán: el Ayuntamiento de Sabadell cedió los espacios del Casal Pere Quart y del Museu d’Història. Seguiremos en Instagram —@libreriodelaplata— y con los desayunos de librera, donde comento los libros que estoy leyendo. Y hay una buena noticia: Eva, que trabaja con nosotros, recoge el testigo y abrirá una librería especializada en literatura infantil y juvenil. Nuestro fondo tendrá un nuevo hogar aquí en Sabadell. Será, creo, un valor muy importante para la infancia de esta ciudad.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Antes de empezar a contarnos historias... ¿unas galletitas?    Ver la política de cookies
Privacidad