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“La Barcelona de 1920 era como Chicago, pero a las mafias y la delincuencia se le sumaba la ideología y la política”
El escritor y periodista Xavier Vidal, autor del cuento «El parque de robles», emitido en Vivir del cuento, acaba de publicar la novela histórica «Set bales en la nit», un thriller ambientado en la Barcelona de 1920 que cuenta los últimos días de vida de Francesc Layret y el caldo de cultivo que provocó su asesinato por parte de los pistoleros del Sindicato Libre. Con Xavier Vidal hablamos sobre periodistas que quieren ser escritores, sobre la Barcelona del pistolerismo y de las mujeres invisibilizadas, sobre preparar la documentación y la trama de una novela histórica para que luego no vengan los bloqueos. Hablamos sobre el talento narrativo y sobre el efecto desatascador que puede tener la IA en el proceso creativo si sabemos usarla.
– Supiste que querías ser periodista a los catorce años.
– Sí, y en España solo había dos facultades de periodismo, una en Madrid y otra en Barcelona. Venía de Valencia y lo tuve muy claro: elegí Barcelona.
– Muchos periodistas también son escritores. Sin embargo, parece que la vorágine del día a día periodístico es contraria al sosiego necesario para crear literatura. ¿Son dos profesiones complementarias?
– Vivimos en un tiempo de prisas, donde parece que lo urgente prima sobre lo importante: publicar antes que los demás, conseguir clics… A esto se suma la era de las fake news y la falta de recursos para contrastar. El periodismo de hoy es casi de emergencia constante. Sin embargo, siempre ha habido periodistas que también son escritores. Hemingway es un ejemplo: fue periodista antes de dedicarse casi por completo a la literatura. Truman Capote, por otro lado, era periodista y escribió reportajes extraordinarios. Podría citar muchos más. El periodista suele tener vocación de escritor, aunque no siempre talento para la narrativa. Y el narrador, en cierta medida, adquiere técnicas periodísticas, sobre todo desde mediados del siglo XX, cuando la literatura se vuelve más directa y ligera, alejándose de los tópicos decimonónicos. Así, la prosa se hace más fluida, menos rebuscada, y eso es muy periodístico. De igual modo, el periodismo toma recursos literarios, sobre todo a partir de los años 80, cuando hay menos recursos e irrumpe el periodismo ciudadano. En definitiva, ambas disciplinas se han ido acercando y nutriéndose mutuamente.
Por otro lado, con la popularidad de los periodistas en las últimas décadas y su presencia en redes sociales, muchas editoriales los fichan para escribir ficción, aprovechando ese tirón mediático. Pero no todos pueden escribir buena narrativa, y a veces se publican libros que antes no hubieran pasado los filtros de calidad de ciertas editoriales.
– El talento en la narrativa: un concepto misterioso e intangible. ¿Cómo lo definirías?
– Yo creo que hay dos elementos esenciales: la mirada y la técnica. La mirada no se aprende ni se entrena; es la perspectiva única sobre el mundo que da sentido a lo que escribes. Mi abuela, por ejemplo, apenas sabía escribir, pero tenía una mirada literaria sobre la vida. Cuando nos contaba historias a los nietos, lo hacía de manera que nos mantenía fascinados, sin conocer siquiera las estructuras narrativas clásicas. Eso se tiene o no se tiene. La técnica, en cambio, sí se puede aprender: dividir frases para mejorar el ritmo, prescindir de adjetivos innecesarios, evitar estructuras repetitivas, construir personajes y arcos narrativos sólidos… El talento es un conjunto ambiguo que engloba tanto la visión innata como los recursos aprendidos, que se adquieren leyendo a los grandes autores, como Murakami, Kundera, Borges o Mansfield, y trabajando la escritura. Y luego está la magia: cuando juntas palabras y surge algo inesperado, eso también es talento.
-¿La inteligencia artificial puede acabar con la artesanía de la creación literaria?
– Es difícil predecirlo, porque estamos ante una revolución comparable a la invención de la rueda o la imprenta. Cuando apareció la imprenta, los copistas medievales temieron por su oficio, y efectivamente desapareció, pero no así los escritores. La inteligencia artificial es tanto un peligro como una oportunidad. Nos ofrece recursos y herramientas que antes eran difíciles de alcanzar, sobre todo para documentarse. Puedes preguntarle sobre detalles históricos y pedirle fuentes fiables, y te da una respuesta más rápida y detallada que un buscador tradicional. Sin embargo, aunque la inteligencia artificial puede escribir una novela, no tendrá la voz narrativa de autores como Murakami o Houellebecq, porque esa voz se construye con el tiempo.
Es cierto que hay escritores que publican en masa sin una voz reconocible, y la inteligencia artificial podría igualar ese nivel, pero no debemos subestimar lo que puede aportar como herramienta creativa. El cerebro humano, por definición, es mucho más unívoco y lineal de lo que nos parece, y tener una inteligencia artificial es como tener a alguien a tu lado al que le puedes preguntar y te da otra visión de las cosas. Puede desbloquear baches narrativos. El problema no es la tecnología, sino el uso que hagamos de ella. Si la utilizamos como soporte y no como sustituto, puede ser muy positiva.
– Acabas de presentar tu última novela, Set bales en la nit. Es un thriller histórico ambientado en la Barcelona de 1920, una época de pistolerismo, movimientos sindicales, atentados, droga… ¿Por qué elegiste esta época tan poco explorada en comparación con la guerra civil?
– La época del pistolerismo es fascinante, comparable al Chicago de los años 20 o 30, pero con un trasfondo ideológico y político. Barcelona era un crisol de soldados de fortuna, espías, estafadores y obreros en lucha. En ese contexto destaca Francesc Layret, un abogado laboralista y político, inválido de las piernas desde niño, que vivió encerrado en casa y a los dieciséis años salió después de haber leído toda la biblioteca familiar, convertido en una persona con convicciones firmes y una visión clara de la justicia social. Estaba concienciado en defender a los más desvalidos, a gente a la que metían en la cárcel o asesinaban, e intentó rebrotar un movimiento político mortecino.
En él encontré un personaje de novela que no necesitaba adornos: era distinto y memorable. Una mezcla de lucha, integridad y fragilidad. La inspiración para centrar la novela en sus últimas 48 horas provino de una exposición comisariada por el historiador Jordi Serrano en Sabadell. La narración de esas horas eran un thriller, desde que se levantó el día antes hasta que lo asesinaron en la puerta de su casa, a las 6.30 de la tarde de un 29 de noviembre de 1920.
– Además de Layret, aparecen villanos históricos como Severiano Martínez Anido, gobernador militar y luego civil de Barcelona. De tan malo, es difícil empatizar con él, parece un villano de cómic.
– Severiano Martínez Anido es un personaje complejo: religioso, alcohólico, autoritario y con un colaborador fiel, Miguel Arlegui, que le obedecía ciegamente. A pesar de ser un villano casi de cómic, tiene muchas aristas. Por ejemplo, era sumiso ante Alfonso XIII, quien le había puesto en el cargo. Pío Baroja contaba episodios terroríficos sobre él, como el abuso de mujeres de sindicalistas y su despiadada aplicación de la ley de fugas. Era tan malo que resulta literario, pero no es plano: tiene debilidades y contradicciones. Igual sucede con otros personajes, como Bravo Portillo, comisario corrupto y violento, al que acabé adelantando su muerte en la novela para cubrir un desequilibrio emocional en el lector y darle una suerte de “venganza” narrativa.
– Se nota que lo pasaste bien escribiéndolos.
– Sí, disfruté mucho con ellos. Al escribir ficción, te metes en la piel de tus personajes y tomas decisiones como si fueras ellos. Te da una cierta responsabilidad, porque eres tú quien haces que actúen de una manera u otra.
– Set bales en la nit es un thriller cuyo desenlace se conoce de antemano: Layret es asesinado. Sin embargo, la tensión se mantiene. ¿Cómo lograste ese efecto?
– El reto era dosificar la información de manera que, aunque el lector sepa el final, le interese el “cómo” se llega hasta allí. La estructura es similar a la de un cuento en ese sentido. En un cuento, puedes saber el final de antemano y entonces lo que importa es cómo llegas hasta ese final, o puedes mantenerlo oculto y lo que importa es cómo acabará.
Además, en la novela hay tramas paralelas, como la del asesino de Layret y su hermana inválida, que aportan ternura y complejidad. Ese personaje busca el bienestar de su hermana recurriendo a los medios más sucios, lo que crea una contradicción interesante: hacer el mal para lograr un bien. Es una tensión literaria muy potente.
– En la novela creas un puente entre 1920 y 1938, durante la guerra civil, a través de Andrés, el ayudante de Layret. ¿Ese vínculo histórico podría prolongarse hasta la actualidad?
– Utilicé a Andrés por razones narrativas: necesitaba un personaje que pudiera contar los hechos desde la perspectiva del tiempo. La novela se estructura en torno a las últimas 48 horas de Layret, pero se necesitaba contexto histórico, y Andrés, su asistente, era ideal para aportarlo. Layret intentó unir el movimiento obrero con el catalanismo y el socialismo, lo que, de haber prosperado, hubiera cambiado el sistema político. El deep state actuó para impedirlo, y ahí está el germen de la guerra civil. Veo ciertos paralelismos con situaciones recientes, como en Catalunya en 2017, cuando se suspendieron garantías democráticas. En ambos casos, el poder establecido no aceptó cambios de marco legal y reaccionó vulnerando las reglas democráticas.
– Lucila Brown es un personaje femenino de la novela que en realidad no existió. Tuviste que crearla para poner en valor el papel de la mujer en aquella época, ya que la documentación no lo reflejaba.
– Era fundamental porque la historia la escribían los hombres. Sin embargo, las mujeres tenían un papel crucial, como se vio tras la huelga de la Canadenca en 1919 en la que se consiguió establecer la jornada laboral de ocho horas: cuando los líderes obreros fueron encarcelados, las mujeres sacaron adelante las casas y los trabajos. En las élites también influyeron mujeres decisivas, aunque su papel no trascendiera. Por justicia, quise darles el protagonismo que la documentación les negó. Así nacen personajes como Lucila Brown, sometida al dominio de Martínez Anido pero ingeniosa y compleja, y la esposa de Muntadas, que mueve los hilos entre bambalinas. También aparece Mercè Micó, la esposa de Lluís Companys, personaje real de gran energía e inteligencia.
– Has pasado del cuento, donde predomina la técnica de la sustracción, a la novela, donde has debido desplegar tramas y personajes. ¿Ha sido un reto o una liberación?
– Ha sido un doble reto. Por un lado, he tenido que construir un árbol con muchas ramas, desarrollando tramas accesorias. Pero también he procurado aplicar la técnica del cuento en la redacción: que todo lo que está escrito sea necesario, que no haya nada superfluo, que cada frase transmita una idea y que cada párrafo desarrolle un conjunto de ideas. Las imágenes poéticas las he limitado a los momentos en los que no hay acción, para que la acción resulte trepidante.
– La documentación es fundamental en la novela. Ofreces muchos detalles de la vida cotidiana en la Barcelona de 1920. ¿Cómo abordaste la investigación sin que obstaculizara el flujo creativo?
– Hice todo el proceso de documentación antes de ponerme a escribir para no interrumpir la creación literaria con búsquedas continuas. Recabé detalles a través de anuncios de la época en hemerotecas, anticuarios online, libros de fotografías y crónicas de sucesos. Los anuncios de la época eran muy literales y ayudaban a saber cómo era un camión o un teléfono. Las crónicas de sucesos ofrecían detalles que hoy parecen irrelevantes, como la descripción exacta de un piso o los nombres en los timbres. Todo eso aporta veracidad.


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